Este es un capítulo especial un poco (bastante) más largo de lo habitual. ¡Lee el capítulo anterior antes de continuar!

Vayamos al grano. En el anterior capítulo veíamos como la tendencia humana a generar conspiraciones podría ser un rasgo evolutivo, y muy relacionado con una mayor probabilidad de supervivencia en un contexto donde la mortalidad es debida en parte a la violencia de tu propia especie.

Sí. Somos buscadores de patrones. Por naturaleza. Y la verdad es que nuestra realidad está llena de configuraciones con las que podemos jugar y crear significados. Son puras matemáticas. En tu libro favorito se esconden decenas de mensajes conspirativos:

Dale amor a los subtítulos.

Así que tenemos la predisposición y el escenario. La semilla y la tierra. Solo falta regarlo y un poco de sol. De aquí va a salir un robusto árbol de la conspiración.

La Ciencia y la Cultura de la Desinformación

El primer elemento nutritivo de nuestro creciente árbol es la preconcepción errónea de qué es la ciencia y qué rol juega en nuestra sociedad.

A menudo, las conspiraciones mantienen una relación ambivalente con la ciencia. La mayoría de sus teorías vienen respaldadas por algún que otro científico (esto siempre da credibilidad y fuerza a una idea, ¿No?) pero cuando la ciencia va frontalmente en contra de aquello que se teoriza en el marco de la conspiración, pasa a ser un mecanismo al servicio del orden mundial.

Lo cierto es que nuestra sociedad es muy grotesca, hipócrita, injusta. Se llama capitalismo neoliberal. Está en todas partes, y está repercutiendo en todos los sistemas humanos, ecológicos y ambientales del planeta. Así que la ciencia también está influenciada por nuestro sistema socioeconómico. ¿Se instrumentaliza? Por supuesto. La bomba atómica como ejemplo más claro.

Pero cuando un científico habla de ciencia, la mayoría de las veces se refiere a esto:

Y no a esto:

La propia comunidad científica es capaz de distinguir entre lo que es ciencia y lo que es basura comprada y con intereses. La bomba atómica no era ciencia. Era la instrumentalización de un conocimiento científico a favor de unos intereses militares y genocidas.

Cuando hablamos de ciencia hablamos de generar conocimiento. Hablamos de un método, y nada más. Ni tan solo hablamos de científicos. Ojo con la falacia de autoridad. La ciencia se atañe a las observaciones. Al método científico.

¿Y cuál es ese método?

Históricamente, la ciencia nace a raíz de la filosofía. Desde siempre el ser humano ha querido conocer y entender. Primero lo hicimos racionalmente. Pensando. Pero pronto nos dimos cuenta de que solo con ejercicios mentales no podíamos llegar a entender la realidad que compartimos entre todos los seres.

¡Y ojo! Pensar es y fue la base. Solo con retórica y argumentación racional algunos filósofos clásicos ya llegaron a la conclusión de que la realidad estaba compuesta de átomos.

Pero pronto se encontraron con límites. La razón tenía que complementarse con algo. ¿Cómo podemos llegar a estar lo suficientemente seguros que la realidad se compone de átomos?

Generando observaciones. Medidas.

La ciencia se basa en un ejercicio metódico. Es decir, sistematizado (por eso se llama método científico), que lo que busca es limitar al máximo el sesgo que claramente todos los seres humanos del mundo tenemos. El sesgo de la subjetividad, la ideología, las concepciones previas sobre la naturaleza, las creencias, los deseos, etc.

Imagen de analogicus en Pixabay 

Haz el siguiente ejercicio imaginativo. Eres una filósofa clásica tumbada al sol del ágora. Pensando, has llegado a la conclusión que todos los tejidos biológicos tienen que estar formados por unidades individuales. Las células. Son ellas las que se dividen para aumentar el tamaño de nuestro cuerpo, para cerrar las heridas, para constituir los músculos, la piel, los huesos. Tiene mucho sentido.

Sí. Por cómo lo cuentas, tiene lógica. Pero como seres humanos no conocemos todas las variables de la realidad. Podría haber hechos a los cuales aún no tienes acceso que convirtieran en ilógica tu hipótesis sobre las células. Por ejemplo, que en realidad lo que promueve tu crecimiento y lo que te sana las heridas son los dioses en el olimpo.

Como no tienes métodos para comprobar o refutar la existencia de Zeus, te centras en comprobar o refutar tu idea observable.

Así que lo primero que haces es dudar de ti misma. Te conviertes en escéptica. No aceptas tu hipótesis hasta que no tengas pruebas con las que respaldarla. Aunque todo cuadre. Aunque estés feliz de pensarlo así. Aunque te permita dejar de pagarle tributos al sacerdote de Zeus.

Imagen de Sonia Loewert en Pixabay 

Lo que quieres es entender la realidad, no asumir una concepción que, aunque te gusta, va contigo, te hace sentir cosas, le va bien a tu bolsillo, cuadra con tus ideologías… es errónea.

Quieres acceder a la realidad que compartimos. O a lo más cercano de esa realidad que hay “ahí fuera”, literalmente inalcanzable (¿Sabes por qué? Dale al artículo).

¿Cómo consigues esas pruebas sin que tu deseo de que las células existan sesgue tu observación?

Limitando al máximo tu intervención como observadora.

Así que lo que haces es partir de tu hipótesis y diseñar un experimento para comprobarla.

Primero, necesitarás una herramienta que te permita hacer mediciones y observaciones. Como quien no quiere la cosa, te inventas el microscopio (me he hecho una concesión narrativa ¿Vale? Que nadie se piense que estamos en historia de la filosofía y la ciencia).

Con esa herramienta, diseñas un método. Por ejemplo, lo que harás será enviar a varios filósofos del mundo las instrucciones para construir un microscopio, y les pedirás que recojan muestras de 100 tejidos orgánicos. Cada uno de ellos.

Luego, que los observen a través del microscopio y recojan datos de lo que ven. Que te manden los dibujos de sus observaciones, las cifras. Toda la información que puedan recolectar.

Resulta que de los 10 filósofos que has contactado, todos ellos te mandan cifras, datos y dibujos similares. Todos los tejidos que observan con el microscopio están formados por celdas, de distintos tamaños, con distintas características, pero todos ellos se forman por células. Os habéis convertido en científicos.

Ilustración de Núria PI

¿Así que ya está? ¿Las células existen?

Sí, y no. De momento tienes 1000 muestras de tejido que evidencian la existencia de las células. Aunque te creas que la ciencia es un gigante pedante y sabelotodo, la realidad es muy diferente.

El verdadero espíritu científico es la parsimonia, la paciencia y la prueba constante. De momento puedes afirmar que existen las células tal y como las has observado, pero aún no puedes afirmar que todos los tejidos están formados por células. Lo único que puedes decir es que, de momento, todos los tejidos observados encajan con la idea. Pero harán falta años y miles de observaciones más para que podamos aceptar que las células son la unidad constituyente de los tejidos orgánicos.

En ciencia los conocimientos están en permanente revisión en un ejercicio de construcción activa. Así que de momento tu hipótesis sobre las células tiene toda la pinta de ser certera. Pero vas a tener que seguir recolectando datos, información, observaciones, para poder construir un modelo conciso que explique bien lo que estás observando.

Una Teoría de la Célula.

Y es que Teoría, en ciencia, se refiere a un constructo de conocimiento repleto de hipótesis probadas (con evidencias, como con la célula y el microscopio) de las que se extraen leyes (tendencias naturales que se repiten; por ejemplo, que las células forman tejidos) que explican una parte de nuestra realidad. Teoría es la mayor consideración a la que puede aspirar una explicación científica.

Así que cuando lees sobre la Teoría de la Evolución, la Teoría Celular, la Teoría de la Relatividad, lo que en realidad estás haciendo es leer sobre las construcciones científicas con mayor evidencia recurrente a lo largo de los años, mayor aceptación, respaldo y robustez que el ser humano ha podido ver.

Por ejemplo, en la Teoría de la Evolución se explica que los genes son unidades de información codificada a través del ADN de cada célula. En su núcleo.

Una de sus hipótesis sería que algunos de estos genes se transmiten de generación en generación. Algo probado con evidencia y experimentación desde el señor Mendel (1822-1884).

Es difícil de tumbar una teoría que, además de estar repleta de hipótesis muy verificadas y respaldadas por observaciones y mediciones, interactúa con otras teorías igual de respaldadas y verificadas (por ejemplo, la Teoría de la Célula con la Teoría de la Evolución).

Y fíjate que Mendel ni sabía de la existencia del ADN. Aquí está la cuestión. Mendel descubrió a través de la experimentación científica con guisantes, una ley biológica. Darwin descubrió a través de la observación patrones dentro de los taxones (si quieres saber más sobre qué son, aquí va otro artículo) que justificaban la evolución. Y juntando estas estructuras de conocimiento parciales pero verdaderas con descubrimientos en genética, nos sale la Teoría de la Evolución enfocada desde el Neodarwinismo.

Los Darwinistas acertaban, pero les faltaba información, así que de manera natural llegamos al Neodarwinismo. Igual con Newton. Acertó, pero fue Einstein quién complementó su trabajo y llegó a nuevos lugares de la física.

La ciencia es un ejercicio colectivo precioso, construido a partir del trabajo de predecesores y colegas, y destinado a generar conocimiento cada vez más ajustado y preciso a nuestra realidad observable.

Imagen de Free-Photos en Pixabay 

Vale, hasta aquí muy bien, pero… ¿Y si por lo que sea, quiero que mis hipótesis sean consideradas veraces, y me invento los datos?

La comunidad científica tiene muchas carencias aún, pero se organiza de tal modo que todo el conocimiento se presenta en formato de artículos científicos revisados por varios expertos antes de ser publicados. En estas publicaciones escritas se presentan de un modo sistematizado tus hipótesis, tu método de experimentación y tus hallazgos, tus referencias, el conocimiento previo en el que te basas, etc.

Como decía, siempre partimos de trabajos anteriores. Cada ámbito de la ciencia es una escalera que a veces sube, a veces se reconstruye, y a veces se estanca unos años en un escalón. Y en cada uno de estos ámbitos tenemos distintas revistas especializadas donde publicar nuestros hallazgos para todo el mundo.

Para hacerlo, el artículo se envía a la revista especializada. Por ejemplo, en el caso de nuestra filósofa, podría enviar el descubrimiento a nature, Science, CellPress, etc. Ahí, un panel de expertos en el ámbito revisaría independientemente el artículo, juzgaría el método utilizado, sugeriría revisiones o lo descartaría por errores, fraude, o carencias.

Podemos encontrar muchas pegas a este procedimiento. Pero si al método científico bien aplicado le sumamos además el filtro y revisión mutua (y ciega) de la comunidad, obtenemos el conocimiento más objetivo e imparcial que de momento el ser humano puede generar. La ciencia. Y cuando mejoremos estos sistemas, la ciencia también mejorará con ellos.

El Gran Fraude

Pongamos que eres esa filósofa que tomaba el sol en el ágora. Ya llevas años estudiando las células y construyendo con evidencia tu Teoría Celular. Tienes experiencia en hacer ciencia.

Por lo que sea tienes conexión directa con el presente, y te pasan este artículo:

El SARS-CoV-2 sintetizado artificialmente en laboratorios.

Lo primero que haces como científica es mirar donde está publicado. Lo segundo, quién lo escribe.

Lo escribe una experta. Ok.

No está publicado en ninguna revista científica. Vaya.

Tienes algo de información de base, pero lo importante es el contenido. Lo importante es tu espíritu crítico. Que puedas mirar, leer y entender lo que dice, y llegar a conclusiones.

Pero resulta que, si no entiendes un poco de bioinformática, de evolución y selección natural, de tipos de mutación genética y de técnicas algo avanzadas en este campo, no tienes ninguna herramienta para discernir si el contenido del artículo es coherente o no.

Así que lo más probable es que cuando lo leamos, nos intimiden estas figuras científicas:

Y estas:

Y estas:

Y al final, si somos legos en el tema, nos creamos el título sin más.

Pero tú, como filósofa y científica comprometida con la verdad, te pones a analizar el artículo.

Lo primero que ves es que estamos delante de un artículo que atenta directamente contra el método científico. Su hipótesis, que el coronavirus está sintetizado en un laboratorio, es viable como cualquier otra hipótesis en la ciencia, pero su discurso está desde el minuto 0 sesgado y destinado a convencer al lector de la conclusión, más que de exponer pruebas.

El artículo, pese a tener apariencia de publicación científica, no tiene una estructura metódica, y la mayoría de las figuras que expone no refuerzan su hipótesis, sino que forman parte de lo que ya sabemos sobre el virus. Es un decorado científico. No huele bien.

Si vamos un poco más allá, vemos que todas las citas que utiliza, por ejemplo, cuando decide atacar contra la hipótesis del pangolín como huésped intermedio entre el murciélago y el ser humano, son citas de artículos en pre-print. Es decir, artículos que han sido puestos cara al público por transparencia y protección de derechos, pero que en ningún momento han pasado por una revisión independiente de expertos.

Para este mismo tema en la actualidad ya tenemos artículos publicados en distintas revistas que apuntan que el pangolín no sería el huésped intermedio, pero que a la vez proponen modelos de aparición natural del virus (y que por cierto, apuntan a la organización social humana, a las sociedades modernas y su relación con la vida salvaje como uno de los motores principales de la pandemia).

Si quieres seguir con este tema, te recomiendo este video, donde un bioquímico y doctor en virología nos va a explicar mejor el bulo a través del famoso Javier Santaolalla:

Sesgo de Confirmación y el Efecto Dunning-Kruger

Así que ahora, imagínate que no eres ni una filósofa clásica ni una científica bióloga.

Imagínate que, como la mayoría de las personas en el mundo, no tienes formación avanzada en bioinformática, en virología, en evolución, genética, etc.

Y a la vez, imagínate que hace tiempo que ves cómo de mal está el mundo. Cómo el neoliberalismo nos ha dejado un futuro incierto, un cambio climático en proceso, un conjunto de opresiones, injusticias sistemáticas, pobreza, depresión, suicidios, un sistema educativo estancado, una sanidad cada vez más recortada.

Y ves a personas cínicas por los medios o las redes. Personas con un poco de poder que parece que tienen más control sobre nuestros futuros que nosotros mismos, pero menos interés hacia nuestro bienestar.

Y como es lógico en un sistema neoliberal, sabes que detrás hay la influencia del poder económico. El dinero les controla.

Así que imagínate que empiezas a atribuir esta realidad, no solo a la convergencia de intereses económicos, a la corrupción, al reparto injusto de la riqueza, a cómo se organiza política, burocrática y legalmente la sociedad…

Sino a una mano negra oculta en la sombra. El mal de nuestro mundo personificado en un grupo de conspiradores ocultos.

El dinero controla el mundo, pero puede hacerlo de muchos modos.

Imagen de Madeinitaly en Pixabay 

Recuerda que tienes una posible tendencia natural a la sospecha y a teorizar conspiraciones.

Así que la explicación que tiene todo esto es que hay un plan orquestado. No puede ser que todo pase porque sí. No puede ser que no haya control sobre hechos tan impactantes en nuestra sociedad. Alguien lo decide.

Pues imagina que tienes esta perspectiva del mundo cociéndose dentro de ti y de repente ves un artículo que parece completamente científico, firmado por una viróloga china, y que básicamente apoya la idea que el COVID-19 forma parte de un plan global. Todo encaja. Tenías una hipótesis: la mano negra, el complot mundial, el nuevo orden. Pues ya está.

Confirmadísima.

Y aquí pasan a interactuar dos efectos psicológicos o sesgos cognitivos. Mecanismos habituales en los seres humanos, que promueven y explican un comportamiento cognitivo determinado y estudiado.

Por un lado, el Sesgo de Confirmación es la distorsión cognitiva por la cual solo atendemos a la información que confirma nuestras hipótesis deseadas. Esto provoca un aislamiento progresivo de las ideas contrarias. Lo que se llama una cámara de eco en comunicaciones. Un fenómeno que, si ya ocurría dentro del periodismo, periódicos y tele, ahora ocurre con Twitter, YouTube y las redes sociales en general.

Por otro lado, el Efecto Dunning-Kruger explica como las personas menos expertas en ciertos ámbitos sobreestimamos de partida nuestro conocimiento percibido hacia ese ámbito, precisamente por desconocer profundamente todo lo que ignoramos. En cambio, los expertos en un ámbito suelen infraestimar su conocimiento en ese ámbito porque suelen partir de la base que todo el mundo sabe aquello que ellos saben. Así que tenemos tertulianos haciendo callar a virólogos.

Si además le sumamos a esto una cultura de la posverdad, donde lo importante no es la argumentación sino el envoltorio (emocionalidad, estética, fuerza del mensaje… piensa en eso, los tertulianos que hablan como expertos, o los videos de YouTube editados con música épica e imágenes de multitudes) tenemos preparada la tormenta perfecta.

Ya lo ves. Tenemos una sociedad tocada por todos lados, una tendencia natural a teorizar conspiraciones, a presuponer relaciones y sospechar, un sesgo que nos predispone a retroalimentarnos de aquello que confirma lo que deseamos escuchar, y un sesgo que nos predispone a sobrevalorar lo que sabemos sobre, por ejemplo, virología.

Así que cómo vamos a dudar de un artículo que parece completamente científico, que dice lo que quiero escuchar, del que ni tengo herramientas para criticar desde el ámbito en el que se enmarca (ni las voy a intentar conseguir, porque, básicamente, yo lo veo bien) y que encima firma una experta.

¿Quieres saber más sobre cómo tendemos a la desinformación?

Recuerda que puedes darle amor a los subtítulos en castellano.

¡Esto ya se termina! ¿Qué otros mecanismos psicológicos estudiados mantienen y promueven la teorización de conspiraciones? ¡En el próximo capítulo!


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Ilustración de Núria PI

Gracias por tu apoyo Pau. Mi primer mecenas. Este proyecto también es un poco tuyo ahora.

¡Muchas Gracias por tu apoyo, Sunta! Un abrazo muy fuerte desde aquí.

Y un agradecimiento muy especial para Gisela. Además de mecenas, referente. Tu fascinación por este proyecto me ha inspirado profundamente. ¡Gracias, gracias! De verdad.


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Marçal Castán Sogas. Psicólogo. Creador de Psientive.

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Un comentario en “Radiografiando a la Conspiración: 2ª parte

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